dimecres, 28 de desembre de 2011



Ding, dong, ding.


Se despertó sin recordar nada más que el sonido que hace la puerta de entrada, al chocar con aquellas horribles campanas, que a su madre le gustan tanto. Por un momento al recordar el odio que le tiene a ese ruido se olvido del dolor de cabeza que la había estado visitando durante toda la noche.
Sabía que estaba consciente pero no quería abrir los ojos, todavía no estaba dispuesta a enfrentarse al Sol. Tenía el pelo mojado y su ropa olía a meado. No recordaba nada porque tampoco había hecho el esfuerzo de hacerlo. Solo quería permanecer un minuto sin pensar en nada. Aunque bueno, ella intentaba no pensar en nada mientras pensaba en no pensar.
Frunció el ceño. El maldito dolor de cabeza la estaba matando. Una pizca de curiosidad la invadió por unos segundos pero el intento fallido de recordar algo de la noche anterior, volvió a llevarla a no pensar en nada. Y, otra vez esas campanas... Ding, dong, ding...
Imaginó a una chica con el pelo largo que tenía una mordaza en la boca. Ella lloraba -se estremeció- imaginó que la chica quería gritar y no podía, quería gritar-le al mundo. Sus gestos transmitían dolor. Ella quería pedir a las nubes que dejaran caer unas gotas de agua para disimular las lagrimas que resbalaban por su mejilla y confundirlas con la lluvia. No pudo imaginar nada más porque de repente le vino a la cabeza las múltiples distorsionadas y caóticas fantasías de la noche anterior.
Creyó que era hora de abrir los ojos y como un cisne que extiende las alas majestuosamente y con cuidado, hizo fuerza para alzar el vuelo. Pero, no pudo. ¿Le habían cortado las alas? No, entonces se dio cuenta de que en ese mismo instante le salieron...-sonrió.


Un llanto invadió la sala y miles de llantos mas acompañaron al primero. Fuera empezó a llover.
-Se ha ido feliz. Ha sonreído, lo he visto. Ha sonreído.










M

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