diumenge, 8 de gener de 2012

Se encerró en la habitación.
Quería que la vinieran a buscar, quería estar sola porque había comprendido que en verdad cuando más acompañada estaba era sola. Quizás deseaba que la buscaran para así pedir ayuda sin abrir la boca, preocupar a alguien y sentirse un poco más querida.

Llena de un no sé qué triste  y melancólico se tumbo en la cama. Colocó suavemente su cabeza sobre sus frías manos y dejo caer su pelo hacia adelante tapándole así media cara. Cerró los ojos e intento dormir deseando que la despertará alguien preocupado por el hecho de estar sola en medio de una fiesta... Pero no pudo dormir.
Entonces abrió los ojos y fijó su mirada en ninguna parte. Se quedó quieta como una estatua y sin darse cuenta dejó su mente en blanco. Era cómo dormir despierta sabiendo que estaba consciente y con los ojos más que abiertos. Ponía la misma cara que yo, aquí es donde se nota que somos familia... Entonces volvió en si.

Quería llorar pero no podía. Deseaba llorar y no le salía. Y ella siempre había creído que peor que estar triste es querer llorar y no poder.
Entonces, apretó los labios e hizo fuerza cómo si se estuviera tragando la lengua. Eso que sólo sabía hacer ella, eso que le provocaba el llanto.
Entrecerró los ojos y con tanta fuerza las lágrimas empezaron a nacer y a  resbalarle por las mejillas hasta llegar a su boca cuidadosamente. Aunque su método era medio-artificial en su caso duraba solo un poquito y entonces ya no quería llorar más. Se quedaba descansada. Yo las llamo sus lágrimas del consuelo.
Volvió a cerrar los ojos aunque sabía que no iba a poder dormir. Buscó en sus recuerdos, en su vida. Buscó y rebuscó para encontrar recuerdos de ese día festivo pero lo único que le vino en mente fueron fotografías. Lo sé por qué ponía esa expresión que pone cuando se adentra en el pasado y no consigue respuesta.
Un escalofrío hizo bailar su cuerpo de abajo a arriba y tosió una vez. Se desató el cinturón que le apretaba la barriga hinchada. Se había pasado con la comida estos últimos días pero no parecía importarle y, a mi tampoco.

Levantó la cabeza y se miró al espejo. Yo temí por un momento que pudiera verme pero su mirada estaba fijada en su rostro. Hizo un esfuerzo para observar las facciones de su cara entre tanta oscuridad. El ojo derecho estaba iluminado por la poca luz que la puerta medio-abierta dejaba entrar. El resto solo eran sombras.
Se miró. Entonces se dio cuenta de que se quería. Si, se dio cuenta de que a la persona que quería más de todas las que conocía  era a ella misma. Y yo sé que por dentro sonrió.
Aunque sus imperfecciones le hacían desear perfecciones de otros, aunque las cosas que no le gustaban de ella a veces le hacían despreciarse; se quería. No se admiraba a si misma, pero se quería muchísimo.
Volvió a tumbar su cabeza. Una lágrima resbaló por su mejilla y se quedó colgando en su barbilla, enganchada.  Esta vez no se la esperaba.
 Recuerdo que hace tiempo me dijo que le gustaba el sabor de las lágrimas. Eran dulces y saladas.
Para ella una lágrima contenía muchos sabores a la vez mezclados con tristeza y melancolía. Las de risa no le gustaban, tenían un sabor distinto. Se lamió el labio superior.
Ya no quería que nadie la buscara. Tenía miedo de que alguien abriera la puerta y encendiera la luz... No sabía si salir y enfrentarse al exterior o quedarse y arriesgarse a que alguien la viera.
Lo mejor que podía hacer era dormir, pero no podía. Cerró los ojos y dejó pasar el tiempo.


A mí, se me había hecho pequeño el armario y no podía salir ahora entre otras cosas porqué pensaría que estoy loco y porqué se daría cuenta de la montaña que se alza en mi pantalón. Las piernas empezaban a fallarme y no quería salir ahora... ahora no.
Es extraño, ella piensa que a nadie le importa y realmente nadie se preocupa por donde está. Nadie ha buscado por las habitaciones hasta encontrarla. Nadie la echa de menos. Pero sin embargo, mientras ella espera ser querida no sabe que es la flor que me hace vivir, sin su sangre mi corazón no late. Y, no quiero que lo sepa. Prefiero observarla de cerca. Prefiero tenerla sabiendo que no la tengo, que no tenerla en ningún sentido. Llámame loco si quieres pero creo que todos los locos somos locos por algún motivo, el mío: ella.



M





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